A menudo medito sobre la agitación que siento cuando todo el mundo que me rodea parece estar en paz. Es éste el supuesto ideal por el que lucho, la calma que todos esperamos que regrese finalmente cuando estamos “en guerra”, y, no obstante, en estas épocas pacíficas (y lo cierto es que no se han dado con demasiada frecuencia en las menos de dos décadas que llevo vividas) no me siento como si hubiera alcanzado la perfección, sino, más bien, como si faltara algo en mi vida.
Por incongruente que parezca, he llegado a comprender que soy un “guerrero”, una criatura de acción. En esas épocas en que no existe una apremiante necesidad de entrar en acción, no me siento a gusto. En absoluto.
Cuando el camino no rebosa aventuras, cuando no hay monstruos contra los que batallar ni montañas que escalar, el aburrimiento viene a mi encuentro. He tenido que aceptar esta verdad sobre mi vida y sobre quién soy, y así pues, en esas escasas ocasiones vacías, puedo encontrar un modo de vencer al aburrimiento. Puedo hallar un pico más alto que el último que escalé.
Distingo muchos de estos mismos síntomas ahora en un amigo, que nos ha sido devuelto de la tumba, de la turbulenta oscuridad que era el rincón que habito durante una época de su vida. Pero me temo que el estado de este amigo ha trascendido el simple aburrimiento, para caer en el reino de la apatía.
También el era una criatura nacida para la acción, pero eso no parece ser la cura a su apatía. Su propia gente lo llama ahora, suplicando acción.
El no quiere saber nada de esa llamada, y me doy cuenta de que no es la humildad o el agotamiento lo que lo detiene, ni el temor de carecer de capacidad suficiente o de no estar a la altura de lo que se espera de él. Cualquiera de tales problemas podría superarse, racionalizarse o afrontarse con el apoyo de sus amigos, incluido yo mismo.
Pero no, no se trata de ninguna de estas cosas que pueden remediarse.
Lo cierto es que sencillamente no le importa en absoluto.
¿Es posible acaso que las atrocidades padecidas fueran tan inmensas que ha perdido la capacidad de compadecerse del dolor ajeno? ¿Ha visto quizá demasiados horrores, demasiado sufrimiento, para escuchar sus gritos?
Es esto lo que más temo, pues se trata de una pérdida que carece de cura específica. Y no obstante, si he de ser sincero, lo veo claramente dibujado en sus facciones: un estado de ensimismamiento en el que un exceso de recuerdos de los propios horrores padecidos recientemente nublan su visión. Es posible que ni siquiera reconozca el dolor de otra persona… o tal vez, si es que lo ve, y lo desdeña por trivial comparado con los terribles padecimientos padecidos durante esos seis meses en que estuvo prisionero de su dolor.
La pérdida de la empatía podría muy bien ser la más duradera y profunda de las cicatrices, la espada silenciosa de un enemigo invisible que desgarra nuestros corazones y nos roba algo más que las fuerzas. Nos roba la voluntad, ¿pues qué somos sin empatía? ¿Qué alegría podemos encontrar en nuestras vidas si no podemos comprender las alegrías y penas de los que nos rodean, si no podemos formar parte de una comunidad mayor?
Recuerdo el tiempo pasado en mi propio infierno. Solo, sobreviví durante todos aquellos meses interminables gracias a mi propia imaginación.
No estoy muy seguro de que a mi amigo le quede siquiera esa capacidad, pues la imaginación precisa introspección, replegarse en los propios pensamientos, y me temo que cada vez que mi amigo mira en su interior, todo lo que ve son los recuerdos del cieno y los horrores del amor perdido.
Lo rodean amigos que lo quieren e intentarán con todo su corazón darle su apoyo y ayudarlo a escapar de la mazmorra emocional de la apatía.
No ser capaz de amar… ¿Existen palabras más aciagas para describir a un hombre? No lo creo, y ojalá pudiera evaluar de un modo distinto el estado de ánimo de mi camarada. Pero el amor, el amor sincero, requiere empatía. Significa participar, en la alegría, el dolor, las risas, las lágrimas. El amor sincero convierte el espíritu en un reflejo de los estados de ánimo de la pareja.
Y, del mismo modo que una habitación parece mayor cuando está recubierta de espejos, también se ven aumentadas las alegrías, en tanto que los objetos individuales de esa misma habitación pierden intensidad, como lo hace el dolor que disminuye y se desvanece, estirado hasta diluirse por el mismo acto de compartir.
Ésa es la belleza del amor, tanto en la pasión como en la amistad. Un compartir que multiplica las alegrías y diluye las penas. El está rodeado de amigos ahora, todos ellos dispuestos a tomar parte en esa acción de compartir, como había sucedido antes entre nosotros; pero no consigue establecer contacto con nosotros, no puede expulsar a los guardianes que necesariamente tuvo que instalar cuando se encontraba solo.
Ha perdido su empatía, y sólo puedo rezar para que vuelva a encontrarla, para que el tiempo le permita abrir su corazón y espíritu a aquellos que lo merecen, pues sin empatía no encontrará un objetivo.
Sin un objetivo, no obtendrá satisfacción.
Sin satisfacción, no logrará la dicha, y sin dicha no hallará alegría.
Y nosotros, todos nosotros, no tendremos modo de ayudarlo.
Víctor Balsalobre.