Un camino hacia la paz. Enseñanzas del Dali Lama. A través de la paz interior se puede conseguir la paz mundial. Aquí la responsabilidad individual es bastante clara ya que la atmósfera de paz debe ser creada dentro de uno mismo, entonces se podrá crear en la familia y luego en la comunidad. La esencia de la vida espiritual está formada por nuestros sentimientos y nuestras actitudes hacia los demás. Todas nuestras vidas empezaron con el afecto humano como primer soporte. Los niños que crecen envueltos en afecto, sonríen más y son más amables. Generalmente son más equilibrados. La amistad sólo podía tener lugar a través del desarrollo del respeto mutuo y dentro de un espíritu de sinceridad. Aunque haya religiones diferentes, debido a distintas culturas, lo importante es que todas coincidan en su objetivo principal: ser buena persona y ayudar a los demás. Tanto el creyente como el no creyente son seres humanos. Debemos tenernos un gran respeto.

Un camino hacia la paz. Enseñanzas del Dali Lama.

A través de la paz interior se puede conseguir la paz mundial. Aquí la responsabilidad individual es bastante clara ya que la atmósfera de paz debe ser creada dentro de uno mismo, entonces se podrá crear en la familia y luego en la comunidad.

La esencia de la vida espiritual está formada por nuestros sentimientos y nuestras actitudes hacia los demás.

Todas nuestras vidas empezaron con el afecto humano como primer soporte. Los niños que crecen envueltos en afecto, sonríen más y son más amables. Generalmente son más equilibrados.

La amistad sólo podía tener lugar a través del desarrollo del respeto mutuo y dentro de un espíritu de sinceridad.

Aunque haya religiones diferentes, debido a distintas culturas, lo importante es que todas coincidan en su objetivo principal: ser buena persona y ayudar a los demás.

Tanto el creyente como el no creyente son seres humanos. Debemos tenernos un gran respeto.

WHY? When you see a message in your Facebook account. BUT when you see a message in your TUMBLR account. (Fuente: kaninnatutong)

WHY?

When you see a message in your Facebook account.

BUT when you see a message in your TUMBLR account.

(Fuente: kaninnatutong)

“Apatía” A menudo medito sobre la agitación que siento cuando todo el mundo que me rodea parece estar en paz. Es éste el supuesto ideal por el que lucho, la calma que todos esperamos que regrese finalmente cuando estamos “en guerra”, y, no obstante, en estas épocas pacíficas  (y lo cierto es que no se han dado con demasiada frecuencia en las menos de dos décadas que llevo vividas) no me siento como si hubiera alcanzado la perfección, sino, más bien, como si faltara algo en mi vida. Por incongruente que parezca, he llegado a comprender que soy un “guerrero”, una criatura de acción. En esas épocas en que no existe una apremiante necesidad de entrar en acción, no me siento a gusto. En absoluto. Cuando el camino no rebosa aventuras, cuando no hay monstruos contra los que batallar ni montañas que escalar, el aburrimiento viene a mi encuentro. He tenido que aceptar esta verdad sobre mi vida y sobre quién soy, y así pues, en esas escasas ocasiones vacías, puedo encontrar un modo de vencer al aburrimiento. Puedo hallar un pico más alto que el último que escalé. Distingo muchos de estos mismos síntomas ahora en un amigo, que nos ha sido devuelto de la tumba, de la turbulenta oscuridad que era el rincón que habito durante una época de su vida. Pero me temo que el estado de este amigo ha trascendido el simple aburrimiento, para caer en el reino de la apatía. También el era una criatura nacida para la acción, pero eso no parece ser la cura a su apatía. Su propia gente lo llama ahora, suplicando acción. El no quiere saber nada de esa llamada, y me doy cuenta de que no es la humildad o el agotamiento lo que lo detiene, ni el temor de carecer de capacidad suficiente o de no estar a la altura de lo que se espera de él. Cualquiera de tales problemas podría superarse, racionalizarse o afrontarse con el apoyo de sus amigos, incluido yo mismo. Pero no, no se trata de ninguna de estas cosas que pueden remediarse. Lo cierto es que sencillamente no le importa en absoluto. ¿Es posible acaso que las atrocidades padecidas fueran tan inmensas que ha perdido la capacidad de compadecerse del dolor ajeno? ¿Ha visto quizá demasiados horrores, demasiado sufrimiento, para escuchar sus gritos? Es esto lo que más temo, pues se trata de una pérdida que carece de cura específica. Y no obstante, si he de ser sincero, lo veo claramente dibujado en sus facciones: un estado de ensimismamiento en el que un exceso de recuerdos de los propios horrores padecidos recientemente nublan su visión. Es posible que ni siquiera reconozca el dolor de otra persona… o tal vez, si es que lo ve, y lo desdeña por trivial comparado con los terribles padecimientos padecidos durante esos seis meses en que estuvo prisionero de su dolor. La pérdida de la empatía podría muy bien ser la más duradera y profunda de las cicatrices, la espada silenciosa de un enemigo invisible que desgarra nuestros corazones y nos roba algo más que las fuerzas. Nos roba la voluntad, ¿pues qué somos sin empatía? ¿Qué alegría podemos encontrar en nuestras vidas si no podemos comprender las alegrías y penas de los que nos rodean, si no podemos formar parte de una comunidad mayor? Recuerdo el tiempo pasado en mi propio infierno. Solo, sobreviví durante todos aquellos meses interminables gracias a mi propia imaginación. No estoy muy seguro de que a mi amigo le quede siquiera esa capacidad, pues la imaginación precisa introspección, replegarse en los propios pensamientos, y me temo que cada vez que mi amigo mira en su interior, todo lo que ve son los recuerdos del cieno y los horrores del amor perdido. Lo rodean amigos que lo quieren e intentarán con todo su corazón darle su apoyo y ayudarlo a escapar de la mazmorra emocional de la apatía. No ser capaz de amar… ¿Existen palabras más aciagas para describir a un hombre? No lo creo, y ojalá pudiera evaluar de un modo distinto el estado de ánimo de mi camarada. Pero el amor, el amor sincero, requiere empatía. Significa participar, en la alegría, el dolor, las risas, las lágrimas. El amor sincero convierte el espíritu en un reflejo de los estados de ánimo de la pareja. Y, del mismo modo que una habitación parece mayor cuando está recubierta de espejos, también se ven aumentadas las alegrías, en tanto que los objetos individuales de esa misma habitación pierden intensidad, como lo hace el dolor que disminuye y se desvanece, estirado hasta diluirse por el mismo acto de compartir. Ésa es la belleza del amor, tanto en la pasión como en la amistad. Un compartir que multiplica las alegrías y diluye las penas. El está rodeado de amigos ahora, todos ellos dispuestos a tomar parte en esa acción de compartir, como había sucedido antes entre nosotros; pero no consigue establecer contacto con nosotros, no puede expulsar a los guardianes que necesariamente tuvo que instalar cuando se encontraba solo. Ha perdido su empatía, y sólo puedo rezar para que vuelva a encontrarla, para que el tiempo le permita abrir su corazón y espíritu a aquellos que lo merecen, pues sin empatía no encontrará un objetivo.   Sin un objetivo, no obtendrá satisfacción.   Sin satisfacción, no logrará la dicha, y sin dicha no hallará alegría.   Y nosotros, todos nosotros, no tendremos modo de ayudarlo.   Víctor Balsalobre.

“Apatía”

A menudo medito sobre la agitación que siento cuando todo el mundo que me rodea parece estar en paz. Es éste el supuesto ideal por el que lucho, la calma que todos esperamos que regrese finalmente cuando estamos “en guerra”, y, no obstante, en estas épocas pacíficas  (y lo cierto es que no se han dado con demasiada frecuencia en las menos de dos décadas que llevo vividas) no me siento como si hubiera alcanzado la perfección, sino, más bien, como si faltara algo en mi vida.

Por incongruente que parezca, he llegado a comprender que soy un “guerrero”, una criatura de acción. En esas épocas en que no existe una apremiante necesidad de entrar en acción, no me siento a gusto. En absoluto.

Cuando el camino no rebosa aventuras, cuando no hay monstruos contra los que batallar ni montañas que escalar, el aburrimiento viene a mi encuentro. He tenido que aceptar esta verdad sobre mi vida y sobre quién soy, y así pues, en esas escasas ocasiones vacías, puedo encontrar un modo de vencer al aburrimiento. Puedo hallar un pico más alto que el último que escalé.

Distingo muchos de estos mismos síntomas ahora en un amigo, que nos ha sido devuelto de la tumba, de la turbulenta oscuridad que era el rincón que habito durante una época de su vida. Pero me temo que el estado de este amigo ha trascendido el simple aburrimiento, para caer en el reino de la apatía.

También el era una criatura nacida para la acción, pero eso no parece ser la cura a su apatía. Su propia gente lo llama ahora, suplicando acción.

El no quiere saber nada de esa llamada, y me doy cuenta de que no es la humildad o el agotamiento lo que lo detiene, ni el temor de carecer de capacidad suficiente o de no estar a la altura de lo que se espera de él. Cualquiera de tales problemas podría superarse, racionalizarse o afrontarse con el apoyo de sus amigos, incluido yo mismo.

Pero no, no se trata de ninguna de estas cosas que pueden remediarse.

Lo cierto es que sencillamente no le importa en absoluto.

¿Es posible acaso que las atrocidades padecidas fueran tan inmensas que ha perdido la capacidad de compadecerse del dolor ajeno? ¿Ha visto quizá demasiados horrores, demasiado sufrimiento, para escuchar sus gritos?

Es esto lo que más temo, pues se trata de una pérdida que carece de cura específica. Y no obstante, si he de ser sincero, lo veo claramente dibujado en sus facciones: un estado de ensimismamiento en el que un exceso de recuerdos de los propios horrores padecidos recientemente nublan su visión. Es posible que ni siquiera reconozca el dolor de otra persona… o tal vez, si es que lo ve, y lo desdeña por trivial comparado con los terribles padecimientos padecidos durante esos seis meses en que estuvo prisionero de su dolor.

La pérdida de la empatía podría muy bien ser la más duradera y profunda de las cicatrices, la espada silenciosa de un enemigo invisible que desgarra nuestros corazones y nos roba algo más que las fuerzas. Nos roba la voluntad, ¿pues qué somos sin empatía? ¿Qué alegría podemos encontrar en nuestras vidas si no podemos comprender las alegrías y penas de los que nos rodean, si no podemos formar parte de una comunidad mayor?

Recuerdo el tiempo pasado en mi propio infierno. Solo, sobreviví durante todos aquellos meses interminables gracias a mi propia imaginación.

No estoy muy seguro de que a mi amigo le quede siquiera esa capacidad, pues la imaginación precisa introspección, replegarse en los propios pensamientos, y me temo que cada vez que mi amigo mira en su interior, todo lo que ve son los recuerdos del cieno y los horrores del amor perdido.

Lo rodean amigos que lo quieren e intentarán con todo su corazón darle su apoyo y ayudarlo a escapar de la mazmorra emocional de la apatía.

No ser capaz de amar… ¿Existen palabras más aciagas para describir a un hombre? No lo creo, y ojalá pudiera evaluar de un modo distinto el estado de ánimo de mi camarada. Pero el amor, el amor sincero, requiere empatía. Significa participar, en la alegría, el dolor, las risas, las lágrimas. El amor sincero convierte el espíritu en un reflejo de los estados de ánimo de la pareja.

Y, del mismo modo que una habitación parece mayor cuando está recubierta de espejos, también se ven aumentadas las alegrías, en tanto que los objetos individuales de esa misma habitación pierden intensidad, como lo hace el dolor que disminuye y se desvanece, estirado hasta diluirse por el mismo acto de compartir.

Ésa es la belleza del amor, tanto en la pasión como en la amistad. Un compartir que multiplica las alegrías y diluye las penas. El está rodeado de amigos ahora, todos ellos dispuestos a tomar parte en esa acción de compartir, como había sucedido antes entre nosotros; pero no consigue establecer contacto con nosotros, no puede expulsar a los guardianes que necesariamente tuvo que instalar cuando se encontraba solo.

Ha perdido su empatía, y sólo puedo rezar para que vuelva a encontrarla, para que el tiempo le permita abrir su corazón y espíritu a aquellos que lo merecen, pues sin empatía no encontrará un objetivo.

 

Sin un objetivo, no obtendrá satisfacción.

 

Sin satisfacción, no logrará la dicha, y sin dicha no hallará alegría.

 

Y nosotros, todos nosotros, no tendremos modo de ayudarlo.

 

Víctor Balsalobre.

“Un recordatorio para la Venganza.” Hice lo que tenía que hacer. Cada paso del viaje que emprendí al salir de mi ignorancia encontró su guía en mis propias convicciones sobre el bien y el mal, sobre el desinterés y el altruismo. Incluso cuando me equivoqué, como todo el mundo hace alguna vez, mis yerros tuvieron su origen en el juicio erróneo o la simple debilidad antes que en la traición a la propia conciencia. Pues sé que en ésta residen los principios y enseñanzas fundamentales que nos acercan a los ideales que hemos escogido, a nuestra propia definición y esperanza del paraíso. Nunca he traicionado mi propia conciencia, si bien sospecho que ésta me ha llamado a engaño. Hice lo que tenía que hacer. Y, sin embargo, mi antiguo amor ya no esta, pues mi antiguo empeño en salvarla se saldó con un fracaso estrepitoso. ¿Acaso alguna entidad divina se estará riendo en estos momentos de mi necedad? ¿O quizá todo fue una mentira, o peor aún, un engaño infligido a mí mismo? Con frecuencia he pensado en términos de comunidad, en el progreso del individuo inscrito en el progreso del todo. Tal ha sido el principio rector de mi existencia, el mismo que me llevó a abandonar mi ignorancia. Y ahora, en este doloroso momento, he llegado a comprender, o acaso no me queda más opción que admitirlo, que esta creencia mía tenía un cariz muy personal. Resulta irónico que, al pensar en términos de comunidad, no hiciera más que alimentar mi desesperada necesidad de pertenecer a un conjunto que fuera más allá de mi propia persona. Al repetirme a mí mismo que mis convicciones eran las correctas, no resultaba, en realidad, muy distinto de quienes se agolpan ante el púlpito del pastor. Yo también quería estar en paz conmigo mismo, con la salvedad de que trataba de dar con las respuestas adecuadas en mi propio interior, mientras que los demás intentan encontrarlas en el exterior. En este sentido, hice lo que tenía que hacer. Y, sin embargo, no consigo eliminar la creciente intuición, la creciente sospecha, el creciente temor de haberme equivocado. Pues ¿qué sentido tiene todo cuando ella ya no esta, después de haber conocido una existencia llena de paz? ¿Qué sentido tiene que mis antiguos amigos y yo siguiéramos los impulsos de nuestros corazones y confiáramos en nuestros lazos si después los vi abandonarme? Si siempre hice lo que tenía que hacer, ¿dónde está la justicia y dónde está la benevolencia de un dios misericordioso? La mera formulación de esta pregunta me alerta del orgullo desmedido que me afecta. La mera formulación de esta pregunta me revela las torpes maquinaciones de mi alma. No puedo evitar preguntarme si de veras soy distinto de los demás. Asi lo creia yo, pero ¿de veras lo soy? Mis convicciones de altruismo y desinterés, ¿acaso no encubrían el deseo de obtener exactamente lo mismo que los sacerdotes andan buscando, esto es, la vida eterna y una mejor posición entre los míos? Del mismo modo que esas relaciones se estremecieron y acabaron por desmoronarse, lo mismo empieza a suceder con las ilusiones que antaño guiaron mis pasos. Yo me formé para resistir. De no ser por mi habilidad para enfrentarme al mundo y abstraerme, seguramente habría sido una figura menos respetada y aceptada en el mundo que me rodea. Lo único que hoy me queda es mi formación y mi habilidad, y me propongo utilizarlas para emprender una nueva etapa en el camino tan curioso como sinuoso que está siendo mi vida. Me propongo extender las consecuencias de mi rabia a todo aquello que acabo con cuanto yo amaba, con quienes ahora he perdido para siempre. Mis dos habilidades, mi abstracción y mi combatividad, son hoy aquello que me define, del mismo modo que mis amigos y familia. Confío en ellos, y en nadie más. Gracias por estar ahi. Víctor Balsalobre Correal.

“Un recordatorio para la Venganza.”

Hice lo que tenía que hacer.

Cada paso del viaje que emprendí al salir de mi ignorancia encontró su guía en mis propias convicciones sobre el bien y el mal, sobre el desinterés y el altruismo. Incluso cuando me equivoqué, como todo el mundo hace alguna vez, mis yerros tuvieron su origen en el juicio erróneo o la simple debilidad antes que en la traición a la propia conciencia. Pues sé que en ésta residen los principios y enseñanzas fundamentales que nos acercan a los ideales que hemos escogido, a nuestra propia definición y esperanza del paraíso. Nunca he traicionado mi propia conciencia, si bien sospecho que ésta me ha llamado a engaño.

Hice lo que tenía que hacer.
Y, sin embargo, mi antiguo amor ya no esta, pues mi antiguo empeño en salvarla se saldó con un fracaso estrepitoso.

¿Acaso alguna entidad divina se estará riendo en estos momentos de mi necedad?

¿O quizá todo fue una mentira, o peor aún, un engaño infligido a mí mismo?
Con frecuencia he pensado en términos de comunidad, en el progreso del individuo inscrito en el progreso del todo. Tal ha sido el principio rector de mi existencia, el mismo que me llevó a abandonar mi ignorancia. Y ahora, en este doloroso momento, he llegado a comprender, o acaso no me queda más opción que admitirlo, que esta creencia mía tenía un cariz muy personal. Resulta irónico que, al pensar en términos de comunidad, no hiciera más que alimentar mi desesperada necesidad de pertenecer a un conjunto que fuera más allá de mi propia persona.
Al repetirme a mí mismo que mis convicciones eran las correctas, no resultaba, en realidad, muy distinto de quienes se agolpan ante el púlpito del pastor. Yo también quería estar en paz conmigo mismo, con la salvedad de que trataba de dar con las respuestas adecuadas en mi propio interior, mientras que los demás intentan encontrarlas en el exterior.
En este sentido, hice lo que tenía que hacer. Y, sin embargo, no consigo eliminar la creciente intuición, la creciente sospecha, el creciente temor de haberme equivocado.
Pues ¿qué sentido tiene todo cuando ella ya no esta, después de haber conocido una existencia llena de paz? ¿Qué sentido tiene que mis antiguos amigos y yo siguiéramos los impulsos de nuestros corazones y confiáramos en nuestros lazos si después los vi abandonarme?

Si siempre hice lo que tenía que hacer, ¿dónde está la justicia y dónde está la benevolencia de un dios misericordioso?
La mera formulación de esta pregunta me alerta del orgullo desmedido que me afecta. La mera formulación de esta pregunta me revela las torpes maquinaciones de mi alma.
No puedo evitar preguntarme si de veras soy distinto de los demás. Asi lo creia yo, pero ¿de veras lo soy? Mis convicciones de altruismo y desinterés, ¿acaso no encubrían el deseo de obtener exactamente lo mismo que los sacerdotes andan buscando, esto es, la vida eterna y una mejor posición entre los míos?
Del mismo modo que esas relaciones se estremecieron y acabaron por desmoronarse, lo mismo empieza a suceder con las ilusiones que antaño guiaron mis pasos.

Yo me formé para resistir. De no ser por mi habilidad para enfrentarme al mundo y abstraerme, seguramente habría sido una figura menos respetada y aceptada en el mundo que me rodea. Lo único que hoy me queda es mi formación y mi habilidad, y me propongo utilizarlas para emprender una nueva etapa en el camino tan curioso como sinuoso que está siendo mi vida. Me propongo extender las consecuencias de mi rabia a todo aquello que acabo con cuanto yo amaba, con quienes ahora he perdido para siempre.

Mis dos habilidades, mi abstracción y mi combatividad, son hoy aquello que me define, del mismo modo que mis amigos y familia.

Confío en ellos, y en nadie más.

Gracias por estar ahi.

Víctor Balsalobre Correal.

“Reinos.” Tanto si es un palacio de un rey, un baluarte, una torre, un campamento nómada, una granja con campos delimitados con piedras o setos, una ciudad, o incluso una habitación diminuta y vulgar en lo alto de la escalera trasera de una posada desvencijada, todos gastamos una enorme cantidad de energía para labrarnos nuestro propio y pequeño reino.  Desde el castillo más magnifico al rincón más minúsculo, desde la arrogancia de la nobleza a los deseos modestos del campesino más humilde, existe una necesidad básica en la mayoría de nosotros de ser propietarios, o al menos administradores. Queremos (necesitamos) encontrar nuestro reino, nuestro puesto en un mundo a menudo demasiado desconcertante y abrumador, nuestro sentido del orden en un pequeño rincón de un orbe que suele parecernos demasiado grande y demasiado ingobernable. Y así pues marcamos y circundamos, ponemos cercas y candados, para a continuación proteger nuestro espacio con ferocidad armados con espadas u horcas. Lo que esperamos es que ése sea el final del camino que elegimos recorrer, las recompensas de paz y seguridad a una vida de penalidades. Sin embargo, nunca es así, pues la paz no es un lugar, tanto si está bordeado de setos como de altos muros.   El rey más poderoso con el mayor ejército en la fortaleza más invulnerable no es necesariamente un hombre de paz. Muy al contrario, pues lo irónico de todo ello es que la adquisición de tal riqueza material puede ir en contra de cualquier esperanza de auténtica serenidad. Pero, más allá de cualquier seguridad física, existe otra clase de malestar, a la que ni el rey ni el campesino pueden escapar; incluso ese gran rey, incluso el más sencillo de los mendigos se sentirá, en ocasiones, invadido por la cólera inexpresable que todos padecemos a veces. Y no me refiero a una rabia tan intensa que no puede expresarse con palabras sino más bien a una frustración tan escurridiza y penetrante que es imposible encontrar palabras para ella. Es el silencioso origen de arranques irracionales contra amigos y familiares, el causante del mal genio, el modo de liberarse realmente de él no puede hallarse fuera de nuestra propia mente y espíritu, por lo tanto lo busque en mi interior.   Sólo entonces aprendí a vencer la inexpresable cólera interior. Sólo allí aprendí lo que es la auténtica paz y serenidad.Ahora llevo esa calma conmigo, tanto si mis amigos me acompañan como si no.   El mío es un reino del corazón y el espíritu, defendido por la seguridad del amor y la amistad sincera y el calor de los recuerdos.    Es mejor que cualquier reino erigido sobre el suelo, más fuerte que la muralla de cualquier castillo. Y, lo que es más importante aún, puedo llevarlo siempre conmigo.   Espero y rezo para que todos acaben saliendo por fin de sus tinieblas y alcancen este mismo lugar emocional.   Víctor Balsalobre Correal.

“Reinos.”

Tanto si es un palacio de un rey, un baluarte, una torre, un campamento nómada, una granja con campos delimitados con piedras o setos, una ciudad, o incluso una habitación diminuta y vulgar en lo alto de la escalera trasera de una posada desvencijada, todos gastamos una enorme cantidad de energía para labrarnos nuestro propio y pequeño reino.

 Desde el castillo más magnifico al rincón más minúsculo, desde la arrogancia de la nobleza a los deseos modestos del campesino más humilde, existe una necesidad básica en la mayoría de nosotros de ser propietarios, o al menos administradores.

Queremos (necesitamos) encontrar nuestro reino, nuestro puesto en un mundo a menudo demasiado desconcertante y abrumador, nuestro sentido del orden en un pequeño rincón de un orbe que suele parecernos demasiado grande y demasiado ingobernable. Y así pues marcamos y circundamos, ponemos cercas y candados, para a continuación proteger nuestro espacio con ferocidad armados con espadas u horcas.

Lo que esperamos es que ése sea el final del camino que elegimos recorrer, las recompensas de paz y seguridad a una vida de penalidades.

Sin embargo, nunca es así, pues la paz no es un lugar, tanto si está bordeado de setos como de altos muros.

 

El rey más poderoso con el mayor ejército en la fortaleza más invulnerable no es necesariamente un hombre de paz.

Muy al contrario, pues lo irónico de todo ello es que la adquisición de tal riqueza material puede ir en contra de cualquier esperanza de auténtica serenidad.

Pero, más allá de cualquier seguridad física, existe otra clase de malestar, a la que ni el rey ni el campesino pueden escapar; incluso ese gran rey, incluso el más sencillo de los mendigos se sentirá, en ocasiones, invadido por la cólera inexpresable que todos padecemos a veces. Y no me refiero a una rabia tan intensa que no puede expresarse con palabras sino más bien a una frustración tan escurridiza y penetrante que es imposible encontrar palabras para ella. Es el silencioso origen de arranques irracionales contra amigos y familiares, el causante del mal genio, el modo de liberarse realmente de él no puede hallarse fuera de nuestra propia mente y espíritu, por lo tanto lo busque en mi interior.

 

Sólo entonces aprendí a vencer la inexpresable cólera interior. Sólo allí aprendí lo que es

la auténtica paz y serenidad.Ahora llevo esa calma conmigo, tanto si mis amigos me acompañan como si no.

 

El mío es un reino del corazón y el espíritu, defendido por la seguridad del amor y la amistad sincera y el calor de los recuerdos.

 

 Es mejor que cualquier reino erigido sobre el suelo, más fuerte que la muralla de

cualquier castillo. Y, lo que es más importante aún, puedo llevarlo siempre conmigo.

 

Espero y rezo para que todos acaben saliendo por fin de sus tinieblas y alcancen este mismo

lugar emocional.

 

Víctor Balsalobre Correal.

“Horizontes de libertad.” A menudo me detengo a pensar en la vida. No en mi vida en concreto, en la Vida, en qué es. Y suelo utilizar la imagen de un camino, un sendero, como metáfora de la vida. Cada uno es un viajero que sigue un camino, los caminos se cruzan, se bifurcan, retroceden, tienen obstáculos, atajos… y siempre tienen un principio y un fin, aunque no siempre se sabe cual será. En esta metáfora debo decir que yo soy de los que siempre miran hacia el horizonte (ya me he tropezado mas de una vez por ello), pero no por ello dejo de mirar a mi alrededor. Pero no miro atrás, al menos no me gusta hacerlo. Creo que es una pérdida de tiempo mirar en retrospectiva. Cada uno de nosotros está en un lugar de su vida debido a innumerables circunstancias, y cada uno de nosotros tiene la responsabilidad (si no le gusta dónde está) de moverse por el camino de la vida, para encontrar una senda mejor si la que ahora seguimos no nos satisface, o para caminar felizmente si ya hemos encontrado la senda de nuestra vida. Cambiar las cosas malas que nos han sucedido antes cambiaría fundamentalmente quiénes somos ahora, y creo que es imposible de predecir si eso sería bueno o malo. Por lo que yo cargo con mis experiencias pasadas y dejo que el resto cargue con las suyas y trato de no lamentar nada. Sólo intento fundir nuestra actual existencia, convirtiéndola en algo mayor y más hermoso al estar junto a otros. Un camino mas grande, uno que nos convierta en personas mejores, mas sabias, mas preparadas para el horizonte, sea lo que sea lo que nos depare. En mi camino he visto con frecuencia como hay muchos que buscan el camino mas fácil y seguro. Que gran error, pues son los caminos peligrosos o duros los que nos dan fuerza, ganas de seguir, los que nos despojan de la rutina y nos conducen a la aventura de la vida. Son estos caminos en los que encontramos a las personas que de verdad son buenas, honradas y valientes, esos a los que yo llamo con sinceridad amigos. Y que desperdicio todas esas vidas que se limitan a caminar con la cabeza agachada por miedo a lo que pueda venir. Cada hora que pasamos sin hacer nada es un tiempo que no recuperaremos… y siendo como es el camino, lleno de posibilidades interesantes me parece una forma ridícula de derrochar el viaje, el tiempo, la vida. Miro por mi ventana y lo único que veo son posibilidades, caminos abiertos hacia lugares increíbles, horizontes interminables llenos de alegrías, placeres y diversiones, y, porque negarlo, dolor y problemas, pero no me importa, todo tiene un precio, estoy mas que dispuesto a pagar con sudor y sangre por tener una vida plena. La filosofía del camino fácil es la mas extendida entre los humanos. Qué pena, una filosofía condenada a la mediocridad. A veces necesitamos recordar que un amanecer dura sólo unos minutos. Pero su belleza puede arder en nuestros corazones para siempre. Víctor Balsalobre Correal.

“Horizontes de libertad.”

A menudo me detengo a pensar en la vida. No en mi vida en concreto, en la Vida, en qué es.

Y suelo utilizar la imagen de un camino, un sendero, como metáfora de la vida. Cada uno es un viajero que sigue un camino, los caminos se cruzan, se bifurcan, retroceden, tienen obstáculos, atajos… y siempre tienen un principio y un fin, aunque no siempre se sabe cual será.

En esta metáfora debo decir que yo soy de los que siempre miran hacia el horizonte (ya me he tropezado mas de una vez por ello), pero no por ello dejo de mirar a mi alrededor. Pero no miro atrás, al menos no me gusta hacerlo. Creo que es una pérdida de tiempo mirar en retrospectiva. Cada uno de nosotros está en un lugar de su vida debido a innumerables circunstancias, y cada uno de nosotros tiene la responsabilidad (si no le gusta dónde está) de moverse por el camino de la vida, para encontrar una senda mejor si la que ahora seguimos no nos satisface, o para caminar felizmente si ya hemos encontrado la senda de nuestra vida.

Cambiar las cosas malas que nos han sucedido antes cambiaría fundamentalmente quiénes somos ahora, y creo que es imposible de predecir si eso sería bueno o malo.

Por lo que yo cargo con mis experiencias pasadas y dejo que el resto cargue con las suyas y trato de no lamentar nada. Sólo intento fundir nuestra actual existencia, convirtiéndola en algo

mayor y más hermoso al estar junto a otros. Un camino mas grande, uno que nos convierta en personas mejores, mas sabias, mas preparadas para el horizonte, sea lo que sea lo que nos depare.


En mi camino he visto con frecuencia como hay muchos que buscan el camino mas fácil y seguro. Que gran error, pues son los caminos peligrosos o duros los que nos dan fuerza, ganas de seguir, los que nos despojan de la rutina y nos conducen a la aventura de la vida. Son estos caminos en los que encontramos a las personas que de verdad son buenas, honradas y valientes, esos a los que yo llamo con sinceridad amigos. Y que desperdicio todas esas vidas que se limitan a caminar con la cabeza agachada por miedo a lo que pueda venir. Cada hora que pasamos sin hacer nada es un tiempo que no recuperaremos… y siendo como es el camino, lleno de posibilidades interesantes me parece una forma ridícula de derrochar el viaje, el tiempo, la vida.


Miro por mi ventana y lo único que veo son posibilidades, caminos abiertos hacia lugares increíbles, horizontes interminables llenos de alegrías, placeres y diversiones, y, porque negarlo, dolor y problemas, pero no me importa, todo tiene un precio, estoy mas que dispuesto a pagar con sudor y sangre por tener una vida plena.


La filosofía del camino fácil es la mas extendida entre los humanos.


Qué pena, una filosofía condenada a la mediocridad.


A veces necesitamos recordar que un amanecer dura sólo unos minutos.


Pero su belleza puede arder en nuestros corazones para siempre.


Víctor Balsalobre Correal.

“La busqueda.” Hoy me dolía el hombro. Es un dato que debo dar, hoy me dolía el hombro, pero, me he dado cuenta de que ahora es mas soportable, no es que me duela menos, pero en cierto modo me he acostumbrado.   Los humanos tienen una capacidad increíble, no se si única, de reprimir el dolor. Y ahora me refiero tanto al físico, como al psíquico.   Y una muestra mas de la diversidad humana es ver como cada cual administra estos dolores. Hablando de ellos, guardándolos, expresándolos con palabras, con gestos…   Todos lo hacemos.    Y esto me inquieta.   Porque todos lo hacemos, y por lo tanto todos sufrimos. Respecto al dolor físico es comprensible, no somos perfectos, nos hacemos daño y no todas las heridas se curan, y por supuesto con la edad todo empeora. Pero no logro comprender porque todos padecemos ese dolor psíquico. ¿La sociedad? Esa parece la respuesta para todo. Pero es cierto que, en el inmenso abanico de culturas y sociedades distintas, ese dolor es un factor común. Como ya habré dicho antes, yo creo que todo lo que nos rodea nos afecta, pero sobretodo nos desquicia la incertidumbre, el no conocer la verdad. Somos seres curiosos, ese es uno de nuestros mayores dones, pero es también una carga muy pesada para nuestra mente. Aun sin saber el porque, si que se que con el tiempo todos nos acostumbramos a no saberlo todo, comprendemos que hay misterios que no podremos resolver, al menos no a lo largo de nuestra vida.   Pero ayer leí un articulo del sabio Punset, y en el decía, entre otras cosas que dar por sentado que hay verdades que se escapan nuestra mente, es ser un “cobarde del intelecto”. Que gran pensamiento. Así, yo me declaro un cobarde del intelecto, creedme, me gustaría no serlo, pero pese a abandonar muchas búsquedas, intentaré centrarme en algo, algo mas pequeño.   Seguiré con la búsqueda que llevo realizando toda mi vida. Comprenderme a mi mismo, y a aquellos que me son mas cercanos y queridos. Hoy me duele el hombro, si, pero mi mente esta mas tranquila teniendo un objetivo, una meta.   “Buscamos con ahínco respuesta a la pregunta de que hay mas allá de la muerte, que misterios nos aguardan, pero yo he hecho un descubrimiento increíble, y es que antes de la muerte, hay vida, intentemos disfrutarla, pues esas respuestas, llegaran, a todos nos llegara.” Eduard Punset   Víctor Balsalobre Correal.

“La busqueda.”


Hoy me dolía el hombro. Es un dato que debo dar, hoy me dolía el hombro, pero, me he dado cuenta de que ahora es mas soportable, no es que me duela menos, pero en cierto modo me he acostumbrado.

 

Los humanos tienen una capacidad increíble, no se si única, de reprimir el dolor.

Y ahora me refiero tanto al físico, como al psíquico.

 

Y una muestra mas de la diversidad humana es ver como cada cual administra estos dolores. Hablando de ellos, guardándolos, expresándolos con palabras, con gestos…

 

Todos lo hacemos.

 

 Y esto me inquieta.

 

Porque todos lo hacemos, y por lo tanto todos sufrimos. Respecto al dolor físico es comprensible, no somos perfectos, nos hacemos daño y no todas las heridas se curan, y por supuesto con la edad todo empeora. Pero no logro comprender porque todos padecemos ese dolor psíquico.

¿La sociedad? Esa parece la respuesta para todo. Pero es cierto que, en el inmenso abanico de culturas y sociedades distintas, ese dolor es un factor común. Como ya habré dicho antes, yo creo que todo lo que nos rodea nos afecta, pero sobretodo nos desquicia la incertidumbre, el no conocer la verdad.

Somos seres curiosos, ese es uno de nuestros mayores dones, pero es también una carga muy pesada para nuestra mente.


Aun sin saber el porque, si que se que con el tiempo todos nos acostumbramos a no saberlo todo, comprendemos que hay misterios que no podremos resolver, al menos no a lo largo de nuestra vida.

 

Pero ayer leí un articulo del sabio Punset, y en el decía, entre otras cosas que dar por sentado que hay verdades que se escapan nuestra mente, es ser un “cobarde del intelecto”. Que gran pensamiento.

Así, yo me declaro un cobarde del intelecto, creedme, me gustaría no serlo, pero pese a abandonar muchas búsquedas, intentaré centrarme en algo, algo mas pequeño.

 

Seguiré con la búsqueda que llevo realizando toda mi vida.

Comprenderme a mi mismo, y a aquellos que me son mas cercanos y queridos.

Hoy me duele el hombro, si, pero mi mente esta mas tranquila teniendo un objetivo, una meta.

 

“Buscamos con ahínco respuesta a la pregunta de que hay mas allá de la muerte, que misterios nos aguardan, pero yo he hecho un descubrimiento increíble, y es que antes de la muerte, hay vida, intentemos disfrutarla, pues esas respuestas, llegaran, a todos nos llegara.” Eduard Punset

 

Víctor Balsalobre Correal.

“Homo homini lupus. El hombre es un lobo para el hombre.”